Aunque inicialmente la palabra “antioxidante” fue empleada para definir a un producto químico que previniera los efectos del oxígeno, y sus aplicaciones estuvieran más inclinadas hacia los procedimientos industriales, no pasó mucho tiempo hasta que la ciencia comenzó a aplicar el término a ciertos procesos biológicos como la prevención de la oxidación de grasa insaturadas.
Hacia mediados del siglo XX, el descubrimiento de la eficiencia de las vitaminas A, C y E como antioxidantes significó toda una revolución dentro de los conceptos biológicos imperantes hasta ese momento y se abrió un inmenso campo de estudio enfocado a determinar el rol que estas sustancias cumplían en el organismo.